En la liturga del día de hoy, 27 de octubre, el evangelio (Lc 13,18-21)) nos hablan de la esperanza del reino o reinado de Dios. Es decir, la gloria de Dios, el dinamismo de su gracia, animando la existencia con la santidad de la vida trinitaria, que Jesucristo, encarnándose, ha hecho presente en la tierra, y con el envio del Espíritu Santo vivifica y expande su dinamismo de amor.
Los buenos y los malos
En liturgia del 26 de octubre se leyó la primera lectura correspondiente a la lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4,32–5,8. En la que se habla de los buenos y los malos: de la importancia vital, de lo mucho que hay en juego.
Los efectos de creer
«Una creencia es verdadera si produce unos resultados que permiten intensificar la vida» (Unamuno)[1].
La fe que no vitaliza, que no se traduce el resultados, en obras -que diría el apóstol Santiago en su carta- es una fe muerta. O sea, como si no existiera.
Amar a Dios sobre todo y al prójimo como a uno mismo
En el Evangelio (Mt 22, 34-40) de la liturgia del día de hoy, 25 de octubre, Jesús nos viene a decir que la pertenencia al reino de Dios pasa por vivir según estos dos principios fundamentales o actitudes vitales, como los expresan estos dos mandamientos: son los mandamientos: «El primero es: “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”».
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El dar fruto o no darlo
En el Evangelio (Lc 13, 1-9) de la misa de hoy, 23 de octubre, Jesús nos habla de la necesidad de arrepentirse y cambiar, para dar fruto, porque de lo contrario, si vuestro corazón permanece baldío, inútil, sin fruto, sin el fruto de las buenas obras, será cortado, perecerá.





